Serán hoy agasajados, obsequiados. Les servirán chocolate, gaseosas; jugarán en camas elásticas, toboganes, con metegoles, en castillos inflables, habrá para ellos espectáculos musicales, payasos, marionetas, como ocurre una vez al año, cuando se los celebra masivamente. El Día del Niño, que desde hace mucho tiempo, combina lo afectivo con lo comercial, fue propuesto en 1952 por la Unión Internacional de Protección a la Infancia. La celebración se realizó por primera vez en octubre de 1953, con la participación de 40 países. En 1954 la Asamblea General de la Naciones Unidas aprobó el Día Universal del Niño. En la Argentina se lo festeja el tercer domingo de agosto. Se afirma a menudo que los niños y los ancianos son los únicos privilegiados, que la infancia es la etapa más pura de la vida, pero la realidad muestra que no siempre es así.

Si bien es hermoso celebrar la alegría y la inocencia, también es bueno mirar cómo viven otros chicos tucumanos que no han tenido la suerte de nacer en hogares pudientes y que han perdido la inocencia tempranamente porque viven en la marginación social. A diario los vemos mendigando o cartoneando en el centro; vendiendo golosinas; limpiando parabrisas en las esquinas con semáforos; buscando alimentos en la basura; realizando labores de adultos en la cosecha hortícola, de tabaco, de frutilla, de arándano, de caña, de papa, de citrus, y también en la actividad ladrillera. La mayoría de ellos proviene de hogares indigentes y a menudo son explotados y maltratados por sus padres. Una buena parte de estos chicos trabajadores debe abandonar la escuela para trabajar y ayudar a sostener la economía familiar.

En 2013, el Senado de la Nación aprobó una nueva norma que tipifica como delito el trabajo infantil. Modificó el Código Penal, con la incorporación del artículo 148 bis, por el cual se prescribe la pena de uno a cuatro años de prisión para quien se aprovechare económicamente del trabajo de los menores de 16 años, en violación a las normas nacionales, y acorde con la Ley 26.390 de Prohibición del Trabajo Infantil y Protección del Trabajo Adolescente, promulgada en junio de 2008. En la norma se indica que quedan exceptuadas de la pena las labores que tuviesen fines pedagógicos o de capacitación que, por ejemplo, efectúan los alumnos en los talleres de escuelas técnicas. Un agregado señala que la pena de prisión podría extenderse de 3 a 6 años, cuando la utilización del trabajo del menor de 16 años se efectuara en actividades riesgosas y peligrosas.

Basta efectuar una recorrida por la ciudad o por la zona rural para constatar que la ley está lejos de cumplirse. Los chicos en la calle reflejan el maltrato que la sociedad y sus dirigentes les dan. Se hace necesario diseñar una política de Estado integral que permita que estos chicos tengan acceso a la educación, al igual que sus padres, porque si ellos son analfabetos, posiblemente sus hijos también lo serán. Sin trabajo digno para los progenitores poco se podrá hacer para erradicar el trabajo infantil. Se trata de un problema social profundo que no se resolverá solo con controles; se deben buscar soluciones de fondo si realmente se desea combatir esta desigualdad.

Sería auspicioso el día del niño fuese todos los días y que ellos fueran una prioridad en la agenda de los gobernantes. Para ello se necesita la voluntad política de querer revertir esta realidad, y que trabajen coordinadamente las áreas de educación, salud, trabajo, deporte y cultura. Una sociedad que se ocupa verdaderamente por el bienestar de sus chicos y viejos, puede considerarse sensible, humanitaria y justa. “El amor es para el niño como el sol para las flores; no le basta pan: necesita caricias para ser bueno y ser fuerte”, afirmaba la escritora española Concepción Arenal. “Que nadie, nadie, despierte al niño, déjenlo que siga soñando felicidad, destruyendo trapos de lustrar, alejándose de la maldad”, cantaba Luis Alberto Spinetta.